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Porque sí: dos pequeñas confesiones
Dos momentos que al recordarlos me dan verguenza (aunque sea algo)
1. Un travesti me robó $50 y el celular: noche perdida ya, venía caminando por Santa Fé y las veo, dos feas, bien feas travestis. Se nos acercan (íbamos con un amigo) y nos quieren franelear. El no gusta. Yo me quedo ahí, ese culo era grande. Y lo usa para apoyarme y manosear el bulto mío mientras me dice algo que empezaba con “papito”. No se cómo salir (no se?) y un minuto después se está yendo. Y me doy cuenta, me faltaba la guita y el teléfono. Lo corro pero sin dejar de sonreir, estaba tomado. Lo increpo, saca el alcatel de la raya y me lo devuelve. Corre a un taxi con 3 amigas. Me faltan $50. Me paro adelante del auto, insisto con el pedido. Me tira la plata y arranca. Son $30. Me hizo 20, sin siquiera una atención.
2. Una vez quise prender fuego un circo: en el bolichito de un pueblo allá lejos bailábamos canciones del indio solari, borrachos como era costumbre para pibes sub 18, con basuras como Legui o ginebra. Entonces vi que faltaba mi campera nueva, una “soho” de moda en los años 90. Había quedado en un parlante y ya no estaba. El revuelo era: me robaron la campera. Y enseguida llegó la acusación hecha por un amigo: fueron “los del circo”, esos con vida gitana que van de pueblo en pueblo con sus carpas remendadas.
Allá fuimos a buscar justicia y mi campera. En la puerta del circo (cerrado, 4am) amenazamos con piedras, palos, prometimos incendio, mostramos intolerancia. Y después de la denuncia oportuna fuimos detenidos, nosotros, los buscadores de justicia. Menores de edad a la comisaría, a esperar que mamá vaya a rescatarme.
La campera apareció esa noche. Pero obviamente los del circo no la tenían. Era otro pibe, uno conocido.
Moraleja? Todavía no la se. Pero los travestis ya no me caen bien. Y al Circo de Soleil no voy. Por las dudas.