La habitación está a oscuras, como toda la casa. O casi, porque la luz azulada de un televisor encendido alumbra la cama, prolijamente ordenada. Del aparato sale música rara para una pendeja. Un Hendrix que te hace vibrar, un Muddy Waters que invita, una Nina Simone que prepara el terreno.
Por eso no se dice nada. Por eso está demás, salvo cuando es necesario. Es tan natural empujarla contra la pared y chuparle la boca con fuerza, que lo hago. Su silencio me calienta. Se podría decir que habla con la mirada, pero no estamos para licencias poéticas.
Estamos apretados, frotando, empujando. Esa piel suave, blanca, digna de varias marcas. Ese perfume que ayuda pero no invade. Esa rodilla, la mía, que busca abrirle las piernas. Ese momento, eternos minutos, en donde nos ajustamos al otro.
Las tetas duras y grandes contra mi pecho se sienten particularmente bien. Mi mano se cuela por el jean y manoseo la carne de su culo. Sigo más abajo, siento el borde de su agujero, se nota ajustado. Sin dejar de apretarla contra la pared, como queriéndola atravesar, le bajo el pantalón, la dejo al descubierto. Y ella se deja hacer. Ni una palabra, no hace falta.
Pajearla es un placer, por supuesto. Recorrer esos labios finitos, sintiendo cómo se abren con cada roce, cómo los dedos van resbalando por lo húmedo, cómo entran de fácil. Dos, tres dedos adentro. Y las bocas muy cerca. Que dicen, la de ella, cogeme.
Es un tono bajo, entrecortado. No una sugerencia sino una orden. Más que un pedido, un deseo. La boca de ella pidiendo. Cogeme.
Ahora de espaldas, la cara contra la pared. El culito levantado, abierto y dispuesto. Mira apenas de costado, sabiendo lo que provoca. Le froto la cabeza de la verga por los labios, mojándola. Pero no mucho, el roce de la carne que entra es un detalle encantador. Sentir cada centímetro que se abre camino es un placer compartido. Despacio hasta el fondo, afuera de nuevo, adentro de un empujón.
Se dobla un poco más y cogemos, empujándola desde atrás, apretando su cara contra la pared, golpeando la pelvis contra la carne de su culo. Es el sonido ideal, música de los cuerpos. Y cada vez más fuerte. Y cada vez más rápido.
Cogemos. Desde que abrió la puerta cogemos, sólo que ahora los cuerpos se comparten. Siento su flujo caliente en mi pija y su pedido. Acabame.
El mismo tono bajo, entrecortado, aunque más agitado. Acabame. Y lo hago un poco después, cuando se arrodilla y abre su boca. Chupa, pajea, traga cada gota. Cierro los ojos y me concentro en el placer. En el mío, más allá de ella. O gracias a ella.
Sonríe y el placer se completa. Ahora es el de los dos, que por un momento compartimos algo más que un juego.
Muchas veces las palabras están de más. Por suerte.
Oscuro
abril 27, 2010
Por suerte!
Muy buen relato y preciosa nena, por lo que se lee
Blanc//
abril 27, 2010
como de costumbre, redundantemente con el texto, me quedo muda.
Em
abril 27, 2010
Oscuro: justo la palabra justa para ella. Ud lo ha dicho.
Blanc: lindo saberla por acá. Aunque no diga nada. O diga lo que quiera
Psicoloca
abril 27, 2010
Uuuuuuuuuuuuh…
Lo que me estuve perdiendo!
Debo decirle caballero, que aún pasado este tiempo sin vernos…
No ha perdido la calidad ni la cualidad.
Nada mejor para un día patetico… tener un poco de sexo imaginario… com oque a una la revive.
Saludos
laflaca
abril 28, 2010
Qué bueno leerte otra vez.
una pendeja
abril 28, 2010
ya lo estaba extrañando
Em
abril 28, 2010
Psicoloca: pensé que se había perdido forever. Ya sabe que acá las puertas están abiertas (ya sean días patéticos o de los otros)
laFlaca: sólo es cuestión de insistir, no?
Pendeja: a veces me pasa lo mismo