Otro café
Siguen jugando a lo que más les gusta. A gustarse. Y ahí los vemos de nuevo en un café, escondidos a la vista de todos. Se sonríen antes de besarse (podríamos decir que las sonrisas nacen ante las ganas compartidas del beso) y entonces se sumergen en ese otro juego de labios, bocas y lenguas. Arriman las sillas y usan las manos para decirse más, mientras los besos ya no hablan de una travesura hasta ahí, sino que proponen otras sensaciones. Proponen compartirse hasta donde más quieran.
Los formalismos dictan que a esa hora y en ese lugar al menos un café hay que pedir, así que marchan dos cortados. Se charlan y también eso disfrutan. Saben que no hay necesidad de promesas ni futuros ni pasados. Apuran el café y se hunden de nuevo en el beso, ese otro juego que hace poco descubrieron.
Si miramos bien vemos en él un notorio bulto entre las piernas, una erección retenida por el pantalón. Será entonces que disfruta mucho de ese juego y de ellos así de cerca. Podemos imaginar que él imagina cómo la mano de ella desabrocha los botones, libera la pija y la pajea un poco antes de meterla entera en su boca. O imaginar cómo sobre esa mesa de café él la sentaría y se dedicaría a lamerle la concha con suavidad y dedicación mientras ella, así de abierta y a mano, no deja de mirar cómo entra y sale, cómo se mueve la lengua.
Pero claro, están en un café rodeados de gente y esas cosas no se hacen a la vista de todos, no. Esas cosas son privadas, íntimas.
De ella no podemos imaginar demasiado porque cierra los ojos y no nos deja ver. Aunque lo que sí vemos es una mano que, fingiendo descuido, roza apenas ese bulto mientras acaricia una pierna.
Se besan más y siguen jugando a gustarse, a calentarse. Una señora de la mesa de al lado los mira con una mezcla de incomodidad y nostalgia. Quien sabe hace cuánto no siente ese cosquilleo en el bajo vientre, esas ganas de hacerse mierda contra un otro. La gente entra y sale, circula, y ellos a veces vuelven a la tierra.
Ahora miran el reloj, parece que es hora de volver definitivamente. Les cuesta pero se dejan, no sin antes apretarse de parados. Un abrazo es la excusa ideal para terminar de mostrarse dispuestos y con ganas. No se prometen otro café. No se prometen nada. Porque saben que, de alguna manera, van a cumplir.