Música incidental
Camino por la vereda esquivando gente. Todos tapados, las miradas bajas, el gesto de aburrimiento invernal, el paso apretado.
En mis oídos suena Placebo mientras camino esquivando gente. Alcanzo a despegarme del entorno para pensar en ella. Me seduce la idea de que ella me guste y viceversa. Siento un íntimo y pequeño placer al saber que me gusta besarla, abrazarla, hablarle y compartir fantasías. Que los dos compartimos el mismo código, sea cual sea, y el mismo juego que queremos jugar.
Llego al bar indicado, está en la puerta esperando. Antes del hola de rigor y el minuto de incomodidad tomo un auricular y lo pongo en su oído. Ahora sí la beso como imaginé en la última cuadra que iba a hacerlo. Y más también. Movemos las bocas a ritmo, los labios que se separan sólo para volver a pegarse, las lenguas que juegan a ser tímidas pero no, la ansiedad contenida y las manos desatadas.
Y la música incidental. Ese fondo que ahora compartimos y que transforma la escena. La completa, la subraya, la magnifica.
Afuera los auriculares, volvemos. “Hola”, le digo y eso responde. La incomodidad desapareció en el primer segundo, justo después de que llegara la certeza: cómo me gusta besarla.