Tan puta estaba. Como nunca. O como nunca para él. Si pudiéramos saber lo que pensaba mientras se acomodaba en la cama, sabríamos que la pija importaba, pero nada más. No estaba con él en ese telo deprimente. Estaba más allá, fantaseando con aquel que le dice lo que ella quiere escuchar. Que la hace sentir especial. Y también patética, pero en menor medida.
Arrodillada y las piernas abiertas, mucho, pasa dos dedos abriendo bien los labios de la concha. Ya húmeda, hinchada, a la altura de los ojos de él que desde atrás mira y siente. Mira cómo ella ahora se pajea fuerte, grosera, y siente tan dura la verga, tantas las ganas que se confunde y hasta parece que la quiere. Como antes.
El flujo chorrea y le moja la mano. Unas gotas caen en las sábanas baratas. La imagen se multiplica en la pared y en el techo. En los ojos también. En los de él que mientras mira se pajea suavemente.
Ahora mucha saliva en los dedos y adentro del culo. Los dedos de ella adentro de su culo, dos, con movimientos circulares que dilatan de a poco la entrada. Más saliva y más dilatada, pensando en la verga de aquel que sabe la va a coger, bien puta para él, mañana o pasado (cuando tenga tiempo. Porque ganas dice que siempre tiene).
Siente la cabeza de la verga de él apoyada en la puerta del culo. Su culo dispuesto, entregado. Al principio un ardor incómodo pero tolerable. Respiran. Un nuevo empujón y la cabeza entra toda. El culo se adapta, abraza la carne que está entrando. Levanta más la cadera y es fácil ahora. Otro empujón hasta la mitad, uno más y hasta el fondo. La verga enterrada en el culo de ella, tan puta. O no, mejor como le dice él: tan putita. Tanto, que lo enoja.
Empuja fuerte, aprovecha las caderas para acercarla – hasta el fondo – y alejarla – hasta casi sacarla. Ella intenta poner distancia con una mano, que él usa para atraerla más. Para pegarla más a su cuerpo y que la sienta bien adentro.
Lágrimas.
De dolor. De tristeza. Las comparten sin mirarse. Cada uno con las suyas, cada uno con su imagen en la cabeza, sus ganas sus culpas. El placer de él y de ella, no de los dos.
Gritos. Gemidos. Tan solos los dos, cogiendo en ese telo deprimente.
Acaban. Ella siente el espasmo llegar, lo apura con los dedos en la concha sabiendo de la verga de él en el culo. Él siente las venas que se hinchan, la pija apretada en el culo de ella. Bien al fondo y suelta el chorro de semen. Muerde la espalda, la nuca, mientras termina de bombear en el culo de ella, que hunde su cara en la almohada.
Antes de limpiarse, ve cómo la leche sale del culo que de a poco se cierra (ellos también). Y antes de limpiarse ella, ve cómo él deja de mirarla. No es extrañar, no es tristeza. Todavía no sabe lo que siente por los dos.
Ya cambiados, listos, lindos, se abrazan. Pero no hay nuevas promesas. Antes hubo, pero los dos saben que no son necesarias.
Nunca más se volvieron a ver.
Ni ella al otro, aquel de las nuevas promesas, de las fantasías gastadas.
